En este post me gustaría haceros llegar el sentido de la terapia con perspectiva de género y qué quiere decir esto de la interseccionalidad, por si aún no os hubiese llegado. Eso sí, hay una grandísima variedad -e incluso cierto desacuerdo- sobre cuál es su definición y cuáles son sus implicaciones, por lo que yo aquí voy a dar mi punto de vista y lo que yo guardo para mí. Por su puesto, siempre son bienvenidas las críticas, aportaciones y experiencias que queráis compartir – siempre desde el cariño a poder ser – ya que también son parte de mi crecimiento personal y profesional.

Para empezar, han sido varios los motivos que me han llevado a considerar la opción de dedicarme a la psicoterapia de género: personales, profesionales, familiares, sentido común, etc. Primero, voy a hacer una muy breve introducción a qué es la ‘perspectiva de género’ en sí y cómo, irremediablemente, vamos a topar con la interseccionalidad.

Los estudios de género nos enseñan a ser conscientes de que este mundo está organizado en rosa y azul, y esto lleva implícito unos roles, unos poderes/privilegios y unos comportamientos que se esperan de nosotras -véanse el monólogo de Pamela Palenciano No solo duelen los golpes para más info-. Me explico, a las personas cuando nacemos se nos asigna uno de estos cajones que se refieren al sexo femenino y masculino respectivamente -¡Importante!: o uno u otro, no los dos, no ninguno-.

A priori, este es el orden que puede resultar natural y normal, sin embargo, es socialmente determinado, resultando muy hostil y con serias consecuencias. Pero no sólo en relación al sexo y/o género, sino que como personas tenemos ciertas identidades que nos empoderan/desempoderan y están formadas por binomios tales como rico/pobre, blanco/persona de color, norte/sur, heterosexual/homosexual, hombre/mujer, etc., estando siempre uno de los dos componentes en situación favorable -palabras en negrita- y, en oposición, su par situándose en un lugar inferior o desempoderado.

Además, en lo que respecta a la salud mental, la historia se complica, puesto que dentro de estas categorías identitarias hay asociados estigmas, presiones sociales, responsabilidades, comportamientos que se esperan de nosotras. Y, ¿qué es la psicología sino el estudio del comportamiento y los procesos mentales -entre otras cosas-?

Por ello, no es lo mismo un diagnóstico de depresión para una mujer, con el estigma social que lleva implícito, que para un hombre. Por ejemplo, generalmente no está socialmente bien visto que los hombres lloren y se les tacha de débiles si se les asigna un diagnóstico de depresión, al mismo tiempo que se piensa que las mujeres tienen más depresiones porque son más débiles o más ‘emocionales’.

Vaya, que también los comportamientos, emociones y prejuicios sociales asociados a los malestares psicológicos se pueden ordenar y jerarquizar en función de los binomios del párrafo anterior y las consecuencias que conllevan.

¿Y qué nos aporta la interseccionalidad?
La interseccionalidad, que es uno de los términos en auge dentro de los estudios de género, nos enseña precisamente que las categorías identitarias de las que hablábamos arriba -raza, género, clase, diversidad funcional, identidad sexual, edad, entre muchas otras- interactúan entre sí, dándonos un lugar único en la sociedad en la que estamos. Es decir, que no es sólo la construcción de la identidad sexo/género lo que nos empodera/desempodera.

Por ejemplo, estas características que son parte intrínseca de nuestra identidad, nos van a dar más o menos poder dentro de nuestra cultura y contexto dependiendo de si tenemos unos recursos económicos u otros, si somos inmigrantes, si somos neurodiversas, si no cumplimos con los estándares de belleza, si somos personas racializadas, si nos identificamos con un género o ¡de si somos diagnosticadas con un trastorno!

Por tanto, la terapia y, también, los procesos de acompañamiento con perspectiva de género van a tener en cuenta estas categorías tanto para la persona terapeuta, como para aquella que recibe la terapia y con respecto a la relación terapéutica que se crea.

Pero, ¿y qué tiene que ver con la psicología y con la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)?
Uno de los objetivos de ACT -siglas en inglés- es despatologizar a la persona. Es decir, amplia el foco del problema, tradicionalmente localizado en la persona, e incluye su historia y contexto.

A mí lo que más me interesa personalmente es que esta terapia reconoce las diferencias, particularidades y circunstancias de las personas. Sin embargo, conseguir logros y cambios en las personas va a resultar más complejo -no necesariamente más difícil- para aquellas que estén atravesadas por aquellas categorías identitarias desempoderadas. Todas sabemos que salirse de la norma y no hacer lo que se espera de una no es nada fácil, especialmente en situaciones de vulnerabilidad.

Además, ACT sitúa en el frente de la terapia los valores de la persona. O lo que es lo mismo, el motor del proceso terapeútico va a ser aquello verdaderamente importante en la vida de esa persona en particular y hacia dónde se quiere dirigir. O ¿acaso nos mueve a todas lo mismo?

Importante, ¡ACT no es para todo tipo de problemáticas! Cada persona y cada historia necesita de una especialización. Es por ello que en el apartado The Safo-Space se detallan los malestares a los que se dirigen esta terapia.